Diario del BAFICI 2013 / Día 03 – Parte II

Fui a ver una película pensando que era argentina. Al primer “pronto” sospeché un poco, al segundo “tá” sospeché mucho más y al primer “championes” me dije “Boluda, es uruguaya”. Siempre digo que si volviera a nacer me gustaría ser uruguaya, todo lo uruguayo me parece fantástico por sencillo, melancólico y nostálgico. Cada vez que voy a Montevideo pienso que es todo tan deprimente que se convierte en algo feliz, me quedaría a vivir ahí tranquilamente.

La película era Tanta agua, de Ana Guevara y Leticia Jorge. De qué va: padre divorciado busca a sus dos hijos (nene de 10, nena de 14 aproximadamente) para llevarlos una semana de vacaciones a un lugar cerca de Salto (creo que eran las termas pero no voy a arriesgarme porque temo haber entendido mal). Llueve.

Básicamente eso es lo que pasa. Las vacaciones con lluvia abren un abanico inmenso en el que se va desde los intentos -fallidos- del padre para divertir a sus hijos hasta el despertar sexual (ah re) de la chica. No sé si se me ocurre algo más triste y aburrido que irte de vacaciones con tus viejos y que llueva tanto.

Cuando salí de la función mandé un mensaje que decía: “Sigo invicta, vi una peli uruguaya chiquita y muy dulce”. No sé muy bien por qué esa fue la primera impresión que tuve, tal vez pasó que a mi las películas de padres solos me conmueven muchísimo pero acá no me conmoví sintiendo lástima por el padre, me conmoví por la dulzura tosca de ese padre que quiere hacer de todo pero nunca le sale muy bien.

El agua es muy cinematográfica, hay miles de textos que explican el uso (los múltiples usos) del agua en una escena y su simbolismo. Nosotros somos agua, necesitamos agua para vivir, el agua es naturaleza y puede ser impedimento y puede ser bendición. Y un poco por todos esos lugares va la película (ellos quieren que deje de llover para meterse en una pileta, qué paradójico). Uno de los más recurrentes usos del agua es es su relación con la pérdida de la inocencia o con el crecimiento (creo que esto tenía que ver con el bautismo católico pero no estoy segura). Una vez le preguntaron a Lucrecia Martel por el uso del agua en La ciénaga y contestó que había sido una casualidad, jamás se había puesto a pensar en lo que significaba tanta agua en una película. Tal vez acá pasa lo mismo y me estoy pegando un viaje acuático que nada que ver.

No tengo más para decir, la película está ben actuada, bien filmada, bien montada, bien fotografiada. Es prolijita y funciona a la perfección. El pueblo donde se quedan colabora: es desolador, es silencioso, tranquilo, aburrido. La pregunta de la película podría ser “¿Qué hacemos cuando nos aburrimos?” y la respuesta podría ser “Crecemos”.

En la otra película también había niños y también había agua. Ni que lo hubiera hecho a propósito.

Es Tchopitoulas, un documental de los hermanos Bill y Turner Ross: tres hermanitos negros pasan la noche en el centro de Nueva Orleans.

Cuando empezó temí que fuera otra película sobre los pobres negros o los negros pobres pero a los diez minutos esa primera impresión negativa se transformó en una más que positiva. Los tres hermanitos (que tienen una química maravillosa y son simpáticos, graciosos, tiernos, etcétera) cruzan en ferry desde el lugar donde viven hasta el centro de Nueva Orleans para vivir la ciudad de noche. La película se pone mucho más interesante cuando pierden el último ferry para volver a casa y tienen que quedarse deambulando por la ciudad hasta la mañana siguiente.

A partir de ahí es el relato de una ciudad desde los ojos de tres chiquitos. Nueva Orleans está llena de personajes increíbles (una chica vestida de payaso baila lo que toca un joven acordeonista a quien no conoce, un borracho en una plaza invita a una chica a dormir a su casa, una chica vestida de angel toca la flauta traversa, una banda toca jazz, un viejo toca blues en un bar y es ovacionado, unos travestis cantan Proud Mary). En el medio de la película, casi como separadores, un off del más chico de los hermanitos contando algunos de sus sueños (“soy la única persona en el mundo que vuela y me dan una estrella en un pasillo de la fama por eso”) que le dan a toda la peli un aire optimista y reconfortante, alejándose del relato de la miseria que temí al comienzo.

Se quedan toda la noche dando vueltas por la ciudad así que viven el pico de diversión, música y reviente del lugar pero también su decadencia, los barrenderos limpiando, los borrachos durmiendo, el silencio, el frío. Se meten en un barco abandonado y esa secuencia termina siendo una de las más logradas: registro documental meets los goonies.

Uno de los directores de la película se quedó a charlar con el público después de la función. Contó que con su hermano filman durante un año en un lugar y después editar otro año y que así van haciendo las películas (tienen entre trescientas y quinientas horas de material por película y se internan en salas de edición hasta que ven todo borroso). Que Tchopitoulas es el nombre de una calle de Nueva Orleans. Que el padre de ellos vivía ahí y ellos iban cuando eran chicos. Que lo grabaron con unas cámaras viejas. Que todo el tiempo quisieron que la ciudad estuviera mostrada desde los ojos de los niños pero que pasaron siete meses de rodaje y no habían encontrado a los personajes indicados hasta que una noche se cruzaron con estos niños y dijeron “Son ellos”. Que no hubo ensayo, que no hubo guión, que no les pidieron que hicieran nada en especial. Que la pasaron muy bien en el rodaje y quedaron amigos con los protagonistas de la película.

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