Diario del BAFICI 2013 / Día 5

El domingo hubo asado, sobrinos y el plan perfecto para combatir el bajón dominguero: cine y cena (ya sé que decir “cena” queda feo pero la rima cena y cine me resulta mágica). El Village Recoleta estaba lleno, qué digo lleno, repleto, qué digo repleto, atestado de personitas que durante la semana no pudieron ver mucho del festival pero que el fin de semana se sacan todas las ganas y se ven mil películas.

Nosotros fuimos a ver el nuevo documental de Nestor Frenkel, El gran simulador, sobre el grandísimo René Lavand (¿no sabés quién es René? Acá te podés enterar, y sacudite los prejuicios, yo también pensaba que todos los ilusionistas eran unos pelotudos). Ya sabía que iba a ser bueno, Frenkel es un gran documentalista, sensible y divertido en su justa medida, nunca se pone por encima de sus protagonistas y siempre está atento a los detalles. Ya lo había demostrado en Buscando a Reynolds y después en Construcción de una ciudad (tengo que ver Amateur YA) y acá de nuevo: no sólo no defrauda sino que te deja con la sensación de que siempre se puede hacer algo mejor.

El personaje de Lavand es tan buen personaje que hacer algo malo con él sería bastante difícil aunque no imposible (cuando salimos dije que de nuevo me preguntaba de quién era el mérito pero acá está bastante claro que la combinación entre un gran personaje y un gran director dieron un resultado casi perfecto). Lo que más me gustó de la película y por lo primero que la recomendaría es su sutileza: René no cuenta casi nada sobre su vida (esos pormenores están en boca de su esposa y a veces en boca de sus médicos y a veces en boca del material de archivo). Frenkel logró construir el personaje de Lavand no a través de entrevistas tradicionales sino a través de sus acciones, de su casa, de su ropa, sus costumbres, su manera de moverse. René va charlando de cosas random: de una encomienda que no le llega, de lo que significa ser ilusionista, de maestros y discípulos. Frenkel está ahí, invisible, mirando todo (todo, todo) atentamente y después montando una película que no tiene ni dos minutos de desperdicio, que es una montaña de información desinteresada (como si todo lo que está contando fuera algo menor), una película íntima y cotidiana, divertida, tierna. La película que René se merecía.

Desde que decidimos ir a ver esa película a la noche sabíamos que ibamos a tener que comer por ahí y ninguna ocpión nos cerraba porque en realidad teníamos muy pocas opciones y eran todas comidas rápidas o comidas carísimas. En eso me acordé de un post de Wasabi en el que Carolina recomendaba un lugarcito en Recoleta al que yo había decidido ir pero al que nunca había ido porque Paternal-Recoleta es uno de los trayectos más largos del mundo. A la salida de la película y mientras hablábamos más o menos todo lo que dije acá, caminamos hasta el lugar: estaba vacío. En la vereda un pizarrón avisaba de una promo:bowl de comida más un porrón $61 (o sea: barato. si tenés en cuenta que un combo de McDonald´s sale ¿40? o que un Casancrem sale 20, una comida con bebida a 61 es casi una ganga). Básicamente es así: hay bandejas con carnes y verduras. Metés todo lo que quieras en un bowl y al final elegís si fideos o arroz y qué salsa y después un señor te saltea todo y te lo sirve y lo comés y es perfecto. Para aquellos que extrañan los boliches peruanos de la ex sede central del Bafici esta es un excelente comedero: bueno y barato (el bonito del lugar un poco te lo debo pero todo no se puede) y muy muy rico y sano.

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