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Gay zombieland.

Dicen que para los putos es más fácil. Que no dan tantas vueltas. Que se miran, se leen, está todo bien. En Strangers by the lake explotan esa idea: en un lago con playita en ubicación indeterminada hay gays. Muchos. Deambulan por los bosques, se buscan, cogen, tocan, chupan, miran. Son libres. Pasan todos los días como si fuera el mismo día en un universo de sol eterno y pocas palabras.

Un chico lindo se hace amigo de un cincuentón, gay reprimido que dice estar triste porque acaba de separarse de su novia. Están solos, los dos, el cincuentón no mueve casi un músculo en toda la película y sin embargo enamora al espectador con su mirada perdida, con su frustración, no puede recuperar lo que perdió. Y el chico lindo, tan perfectamente lindo, busca algo pero no sabe bien qué es. Un bigotudo lo seduce.

Aparece un cuerpo en el lago. Nadie había notado la ausencia de ese habitué porque en ese universo de sol eterno nadie opina, nadie ve, ni siquiera los que ven.

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