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De vidas ajenas

En Dans la maison (En la casa), de François Ozon, un profesor de lengua está leyendo unos trabajos, renegando porque la consigna era “Qué hice el domingo” y los alumnos la resolvieron diciendo “Comí pizza, miré tele”. Hasta que llega a la tarea de uno que está bien. Que cuenta algo además de un banal cuartito de helado: cuenta cómo con la excusa de ayudarlo en matemáticas, se metió en la casa (en la casa) de un compañero con una familia perfecta. Y no sólo le cuenta todo eso con ironía y reflexión y comentarios ácidos sino que termina la composición diciendo “Continuará…”.

A partir de ese momento el alumno continúa escribiendo y el profesor leyendo. Para el adolescente la familia de la casa es una familia de estudio. Dice que se involucra con ellos porque ellos son lo que nunca tuvo. Se van construyendo tres historias paralelas: la historia del adolescente con la familia, el profesor leyendo la historia con su mujer y la relación entre el profesor y el alumno, cada vez más íntima y profesional, el profesor como un editor pero además arengando a que el chico haga tal o cual cosa en favor de la novela. Por momentos estos tres mundos se cruzan, el profesor hace una aparición en medio de la casa de la familia, interrumpiendo el off del relato, diciéndole al alumno que no, que esa escena no funciona, que la cambie. O los padres de la familia van a una muestra de arte organizada por la mujer del profesor porque la mujer del profesor tenía demasiada intriga en saber cómo era realmente esa familia.

Chico manipulador busca en otra familia lo que en la suya no tiene.

Esa podría ser la principal línea argumental de Dans la maison pero también podría ser la línea argumental de la saga Ripley de Patricia Highsmith o de Match Point de Woody Allen o de tantas otras que juegan a eso: un hombre que se las ingenia para conseguir lo que quiere: plata, una familia, viajes, amor. El adolescente de Dans la maison puede crecer y convertirse en Ripley, al fin y al cabo nunca queda del todo claro si lo que hace lo hace por la literatura o por él mismo o para enloquecer al profesor. Puede engañar, como engañaba Chris Wilton en Match Point, puede sacar provecho de sus miserias familiares y engatusar a todos, seducirlos con su aparente debilidad.

En Dans la maison el jueguito es perverso pero nunca dramático. Tiene gran sentido del humor y todo está contado como una fábula: música lúdica y mucha voz en off, como si en algún momento se viniera la moraleja o explotara todo. Y el lado B de la fábula es el profesor que no puede parar a su alumno, que no puede dejar de interesarse por las cosas que el escribe, casi convirtiéndolo en su obsesión, dejando de lado cualquier responsabilidad ética sobre lo que está leyendo, que no es más ni menos que la intimidad de otro de sus alumnos. De nuevo aparece Woody Allen: la ambigüedad del profesor podría tranquilamente ser la ambigüedad de un personaje escrito e interpretado por el propio Woody. Un poco neurótico, atrapado en una comedia de enredos que roza lo patético, alguien que no se hace cargo de nada.

Dans la maison podría ser perfectamente la adolescencia de Ripley o de Chris Wilton (y también la de cualquier escritor), sus primeros pasos, sus primeras mentiras, el momento exacto en el que se dieron cuenta de que si se lo proponían podían lograr cualquier cosa.

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